“No somos lo peor que nos ha pasado, ni lo peor que hemos hecho”

-Ana Hurtado-

La Justicia y las Prácticas Restaurativas llegaron a mi vida como todo aquello que necesita nuestra alma: sin planearlo. A raíz de un evento personal de vulneración, mis esquemas y creencias sobre lo que es justicia y lo que me ayudaría a sanar, se desmoronaron ante mí.

 

A medida en que la rabia y el dolor inicial fueron cediendo, yo me fui conectando con la desconexión que hay en la dicotomía de “víctima” y “victimario” y todas las causas estructurales que posibilitan el daño y el abuso. No como justificación, pero sí como contexto. Un contexto que, al comenzar a conocer, me ablandaba la postura de separación que ahonda el dolor y la rabia.

 

Cuando aprendí que lo que necesitaba mi alma para sanar tenía nombre y apellido: Justicia Restaurativa, entendí que estaba abriendo una puerta que no quería volver a cerrar. Desde ese momento, comencé a trabajar, a través de diferentes organizaciones, con personas privadas de la libertad, con pospenados, facilitando diálogos entre “víctimas” y “victimarios” y enseñando en colegios, universidades e instituciones sobre este tema como una filosofía de vida.

 

Alienada con la naturaleza comunitaria como elemento esencial de la Justicia y Prácticas Restaurativas, el trabajo que hago en este campo es a través de colectivos y organizaciones.

 

Tengo y he tenido el privilegio de trabajar con: